Cartas cruzadas, Ana Alejandre

Buscar este blog

Traductor

martes, 10 de abril de 2018

JOSÉ LUÍS HIDALGO



José Luís Hidalgo


José Luís Hidalgo


José Luís Hidalgo, poeta, ensayista, pintor y grabador español nacido en Torres, (Cantabria),en 1919. Lo que se conoce de su biografía es tan breve como lo fue su vida, pues murió en plena juventud.

Esta considerado por la crítica como uno de los más importantes miembros de la como poesía existencial de la posguerra, a pesar de que por su prematura muerte su obra no fue tan extensa como prometía su talento poético del que dio muestras desde el inicio de su carrera literaria.

Sus inicios en la literatura fueron muy tempranos, ya que a los dieciséis años comenzó a escribir en El Impulsor. Junto con José Hierro y otros reconocidos poetas está encuadrado en la famosa "Quinta del 42".

Estuvo en varias ocasiones en Madrid para conocer y frecuentar el ambiente literario y así poder participar en diversas tertulias poéticas, interés que le surgió al haber conseguido una mención honorífica por su libro “Raíz” que le animó a cultivar una mayor presencia en los círculos literarios de la capital.

Sus primeras publicaciones fueron los títulos “Pseudopoesías, en 1936, poemario al que siguieron “Las luces asesinadas y otros poemas”, en 1938, y “Mensaje hasta el aire” también en el mismo año, teniendo estas obras poéticas una acusada tendencia surrealista.

Su mejor obra, a juicio de la crítica, es “Los muertos”, obra póstuma que fue publicada después de haber fallecido el poeta, a comienzos de 1947.

POEMAS DE JOSÉ LUÍS HIDALGO

José Luís Hidalgo


Las luces asesinadas y otros poemas ([1936] 1976)

El cuerpo de la sombra

Por estos muros fríos he tocado esta sombra
movible en la humedad de estos musgos lejanos.
Mis dedos ya sintieron
los mundos que dejan en el aire
las bisagras que gimen entre todas las nieblas,
el quejumbroso acento de los perros perdidos.
Mis dedos ya tocaron
los perfiles ausentes de un muerto que no existe,
de un mármol escondido
ya nadie sabe dónde.
No conozco tu cuerpo.
No sé dónde se halla.
Pero sé que tu sangre es una baba que te cala los huesos,
que brota por tus ojos como vidrio disuelto
para mojar tus plantas.
Mi tacto ya está helado en el mar de tu sombra
en esa sombra lamiente
que quisiera venir para estrechar mi pecho,
para ahogar mi garganta,
para partir mi cintura como cualquier gusano
y dejar que mi cuerpo se desespere y llore
y caiga gemebundo
para escupir su sangre por este suelo negro.
Yo sé todo esto.
Pero no conozco tu cuerpo.
No sé dónde se halla.
La sombra desnuda
Estás aquí tan desnuda
que no te conoce nadie.
Hoy, no.
Ahora no te pregunto nada.
Tu cuerpo es larga respuesta
a quien quiera preguntarte.
Te has puesto un disfraz de acero
quitándote los vestidos.
Has creado mil murallas
alrededor de tu sangre.
Pero no.
Hoy no te pregunto nada.

Mensaje hasta el aire ([1938] 1976)

Iniciación

Clamores desde el fondo.
Se crispan las palabras como serpientes vivas,
como aullidos que salen del crujir de los párpados
y se vuelven de acero llorando ante la luna.
Y sobre todo esto:
las tinieblas movibles como un cieno de aceite.
No puedo remediarlo:
lo tengo todo dentro y tengo que escupirlo,
arrojarlo de mí con un asco profundo,
como un hijo maldito,
como un aire parado en mis articulaciones.

Amigos, me duele la sangre.
Mis entrañas se crispan,
se derrumba mi frente.
Y no,
aún no es bastante.
Me tengo que desgajar bajo el parir terrible,
bajo este intento inútil de enseñaros mi fondo,
de querer darle alas a lo que va a nacer muerto,
va a nacer repelente,
no querido de nadie.

Pero algo surge, amigos, algo surge y me invade,
algo que no se calla, que necesito expelerlo,
que me abrasa por dentro,
que quiere abrirse en voz
cantando en vuestras fibras.

Mirad:
las estrellas palpitan contra la misma tierra
como un corazón sobre mano extranjera.

Miradlo:
los pájaros se aplanan iguales a su sombra
ante el cielo blancúreo que les castra las alas.
El aire es sobre la tierra mustia flor en un libro.

Miradme:
sólo soy un anhelo de salir de estas ondas,
de salir de estas ondas y estos pozos sin fondo,
pero el cielo me aplasta con su cercano techo
como un caparazón,
como una costra de sangre,
como un silencio apagado debajo de una herida.

No importa, amigos, no importa.
Miradme bien, miradme, os invito a miradme.
A fuerza de quemarme os mostraré mi fondo
y veréis bien desnudo todo este charco amargo.
Escuchad los clamores, amigos.
Escuchadlos.

Ante el mar

Te quiero blanca nube, te quiero
papel mar en un momento.
Algas son tus suspiros peñas rocas,
gritos
de dientes contra dientes
te quiero mar azul, te quiero cielo, os quiero
juntos como el primer sueño de los amantes
como quiere el silencio a la soledad hecha buhardilla.
¡Oh blanco faro de amor muerte hecha
permanencia llama arquitectura!
La luna derramada duerme sobre
el más suave aliento de una concha mientras
cantan los peces por tu boca que se despereza.
Nada queda por hacer sino quererse.
Raíz (1944)

Así me iré afirmando

Bajo la negra noche soy un inmenso SÍ.
Soy un inmenso SÍ que confirma su vida,
un SÍ que palpita o afirmación rotunda
de que soy, de que existo y moro sobre la tierra.
Bajo la negra noche, bajo el cielo profundo,
bajo el cuerno azulenco erizado de estrellas
me siento transcurrir como un solo latido
que estremece en el aire su coraza temblante.

Yo llevo aquí la vida.
Esta vida que encierra como una mano el mundo,
la vida o subterránea corriente de clamores
que baja hacia la tierra como serpiente viva
o se eleva cantando de amor hacia la luna.
No la sentís?
Es la savia del mundo que pasa por mi cuerpo,
la corriente que gira, cegor inagotable,
voz de retorno eterno por un mismo camino.

SÍ, SÍ, siento que me confirmo
porque soy para el mundo causa de su presencia.

Ausencia

He aquí pájaro humano de lenguas devoradas, Señor.
He aquí mi llegada sin descanso sobre la yerba
a tanto andar color violeta
a tanto llorar por ojos enemigos
en verano que avanza avanza avanza.
Que delgadez en el frío de esta flor
suspirada hasta nube
en el canto de este árbol inclinado
hasta besar el origen de las especies.
Este venir a mí la tarde
con pies de pluma distinguida por
desiertos viajeros hasta el viento
donde humo de besos espera la llegada
de este llegar tendido a no sé dónde.

Te quiero suavemente desde aquí
sin que notes mi amor rosa-azul
en este tanto andar andar andar
color violeta que se derrumba y piensa.

Amor así

Cuando dos cuerpos se unen para amar,
se quema más despacio la soledad de la tierra.

de corazón a corazón, de hueso a hueso,
saltan pájaros ardiendo como puñales,
piel del mundo o deseo donde la carne gime,
un gran río desnudo de inesperados crisantemos.
Cuando dos cuerpos se aprietan como bocas,
se empujan como voraces cataratas al rumor de la vida
perdiendo un posible contacto con la muerte que espera,
que sobre el olvidado planeta a lo lejos refulge
como un fantasma solitario y oculto.
Hombre o mujer, árboles vibrantes,
hirvientes besos estrujados y un ángel.

Amarse es poseer la tierra sin sombras para siempre.

Arrabal

(Bilbao)

Atornillando el alba
el humo de las fábricas.
Hecho plomo dormido
ciego cielo sin lámparas.

Frío, sucio, tensado,
a caricias de polvo
vacilante temblaba.

Aire muerto de ahora,
casi luz moribunda
que burila en el agua.

Puente abierto a lo lejos
—los músculos de hierro—
dos orillas abraza.

Va corriendo entre medio,
vena viva de acero,
toda metal, el agua.

Y el pájaro suspenso,
aún sin llegar,del día,
sobre el viento acechaba.

Desvelo

Grité, grité y grité, mas nadie oía
en la noche cerrada a luz y sueño.
Tacto helado de sábanas sin dueño
sobre mi carne viva se crecía.

Era la noche sólo y noche fría,
cuerpo negro de horror y duro ceño,
y aunque gritaba más, con más empeño,
nadie a mis altos gritos respondía.

Creí que iba a morir y rompí en llanto,
sola mi voz, sin sangre y sin herida
que dejara un salir al prieto espanto.

Pero no, no fue así, que al ver la suerte
de mi morirme a solas con mi muerte
abrí los ojos y volví a la vida.

Los animales (1945)

Caballo

Caballo, siempre hijo, nieto de caballos,
padre de dulces potros engendrados en vientres
y engendradores de engendradores en un tiempo sin mí
cuando mi corazón sea un astro perdido.

Hermosa bestia dura, la antigua tierra pisas
como si el viejo Dios para ti la creara,
porque eres vida ardiente y párpado vibrante
que brillas como un látigo contra los verdes céspedes.

Se escucha en el silencio tu sangre rumorosa
como un mar armonioso que por dentro cantara
y en la noche del mundo tu relincho se eleva
como un cálido chorro que a las estrellas quema.

Como piedra instantánea paraliza tu cuerpo
un rumor de raíces que en la tierra se hunden...
¡Pero de pronto escapas!, bajo la luna roja
huyes como una lanza pisándote la sombra
que sobre la llanura se posa como un ala
mientras se enorgullece la humilde yerba fina
de tu seca pisada tan firme como el trueno.

Caballo, siempre hijo, nieto de caballos,
padre de dulces potros engendrados en vientres
y engendradores de engendradores en un tiempo sin mí
cuando mi corazón sea un astro perdido.

Gato

Vienen y nadie sabe de dónde vienen.
Vienen de la tristeza oscura de los látigos
que en una noche negra azotaron la selva
y dejaron sin sangre para siempre a la luna.

Viene de aquella sangre,
vienen de aquella selva,
vienen de la lujuria de una médula tierna
que al llegar a los hombres dulcemente se evade.

El fondo de sus ojos tiene pájaros muertos
y en las garras dormidas peces acribillados.

Vienen y nadie sabe de dónde vienen...
Vienen...

Pez

Por entre manos húmedas que agitas blandamente
vas tú, pez desnudo, espada velocísima
que pasas y te olvidas de tu huella.
Como una estrella, mudo
derivas a la tumba donde el sonido existe.

(Oscura sentencia,
frío corazón con branquias,
ya muy cerca de la tierra,
de la tierra donde se sostiene el agua).
Arriba, no lo sabes, ¡las águilas!

Los muertos (1947)

Silencio

Silencio sobre el mundo. Va espesando sus alas
la grave mansedumbre del corazón que escucha.
Pesa sobre los muertos, como un cielo caído,
todo el latir del tiempo sobre la tierra única.

Dios es sobre vosotros. Azul tiene su carne,
azul su vasta sangre inmensamente lúcida:
azul es el silencio del mundo que os sostiene
contra el silencio negro que vuestra carne oculta.

¿Cantar?... ¿cantar?... ¿Quién canta? ¿Acaso un mar de piedra
pudo lanzar su voz sobre la tierra nunca?
¿Acaso, de estos hombres tendidos, la voz triste
podrá brotar jamás de su muerte absoluta?

Hay almas, pero callan. Sobre los cuerpos vuelan,
pasan celestemente con un roce sin música;
pero el silencio existe: pesa sobre los muertos,
sobre la tierra pesa, como una eterna luna.

Flores bajo los muertos

Bajo los puros muertos, a veces, brotan flores
blancas y dolorosas, que levemente gimen,
porque crecer es duro, porque crecer es triste
cuando un cuerpo sin vida en las espaldas pesa.

Entonces —escuchad— un pájaro detiene
el vuelo de sus alas y se apaga, se apaga,
mientras el hombre muerto, sin saberlo, transcurre
arriba, más arriba, sobre la tierra, solo. 

Si en un mundo vacío crecieran estas flores,
qué vivamente irían al aire, a la alegría,
pero esta muerte mata su breve primavera,
como un gusano dulce, pisado y amarillo.

¿Y qué? Todo es lo mismo: crecer o derrumbarse,
tener sobre la carne una nube o la muerte,
doblarse ciegamente, doblarse como un río
con estas flacas flores, leves y detenidas.

Los amigos muertos

He adelantado mi esperanza,
como una mano, largamente;
os he tocado en este mundo
que ahora os tiene para siempre.

Pero estáis muertos y no puedo
elevarme hasta vuestra muerte,
porque soy tierra, soy materia,
y vosotros luces celestes.

Aunque me hunda, aunque me arranque
y hasta la sangre me golpee,
no he de encontraros ya, viejos amigos,
os habéis ido para siempre.

Solo, en la noche, yo os recuerdo
y hasta el recuerdo se desvanece.
Ya nada sois: vaga amargura
que se deshace tristemente.

Y me avergüenzo de este cuerpo
que entre los vivos me sostiene.
Muertos estáis y con mi vida no he de
encontraros en la muerte.

Lo fatal

He nacido entre muertos y mi vida
es tan sólo el recuerdo de sus almas
que, lentas, van soñando entre mi sangre
y sobre el mundo ciego la levantan.

Quedó lejos la tierra, mis raíces
no saben del frescor que en ella canta.
De invisibles cenizas es mi cuerpo.
Los muertos de la tierra me separan.

Quisiera ser yo mismo, luz distinta
brillando cada día con el alba,
estrella de la noche, siempre joven,
que fulge de sí misma solitaria.

Pero ya no estoy solo, mi ser vivo
lleva siempre los muertos en su entraña.
Moriré como todos y mi vida
será oscura memoria en otras almas.

Muerte

Señor: lo tienes todo; una zona sombría
y otra de luz, celeste y clara.
Mas dime Tú, Señor, ¿los que han muerto,
es la noche o el día lo que alcanzan?

Somos tus hijos, sí, los que naciste,
los que desnudos en su carne humana
nos ofrecemos como tristes campos
al odio o al amor de tus dos garras.

Un terrible fragor de lucha, siempre
nos suena oscuramente en las entrañas,
porque en ellas Tú luchas sin vencerte,
dejándonos su tierra ensangrentada.

Dime, dime, Señor: ¿por qué a nosotros
nos elegiste para tu batalla?
Y después, con la muerte, ¿qué ganamos,
la eterna paz o la eternal borrasca?

Yo quiero ser el árbol

Siniestra es la raíz del Luzbel de mi carne
y sombría la estrella de tu sabiduría.
Ocultos son los fuegos, Señor, donde consumes
este tallo desnudo que es apenas mi vida.

Negra luz de la tierra, roja luz de tus ojos,
iguales son las llamas por tu mano blandidas,
fulgiendo en este páramo donde habitamos tristes,
soplados por el viento de tu luz ofendida.

Restitúyeme puro a esta tierra que piso
o dame la luz alta que en las estrellas brilla.
Yo quiero ser el Árbol, quiero tener mis frutos:
la tierra, el mar, el cielo, la eternidad perdida.

Polvo de mi ruina

En esta humilde carne que me has dado
has de cavar, Señor, mi sepultura
y ha de nacer la yerba una mañana
en la tierra desnuda que la cubra.

El viento ha de pasar, como ahora pasa,
por un campo cualquiera, su frescura,
y arrastrará este polvo de mi ruina
entre el polvo y las ruinas de otras tumbas.

Belleza

Arde en la noche la belleza
De las cosas que no se ven
y la ceniza se derrama
sobre el silencio de su ser.

El Dios oculto que nos vela
en ella pisa con su pie.
Su huella efímera se apaga
cuando brota el amanecer.

Soy el Poeta. Me pregunto:
¿qué es lo que anoche sentí arder?
Miro mis manos trastornado
y no lo puedo comprender.

Otros poemas (en Obra poética completa) (1976)

Piedra

Amo tu dura carne parada bajo el tiempo
que sobre ti transcurre con su lenta ceniza.
Aquí no gimió nunca esa humana tristeza
que su sangre consume lo mismo que una herida.

Has sido siempre piedra cerrada para el mundo,
roca inmutable y ciega que no bajó a la vida,
helada, pura y blanca, parada en las edades
mientras un mar oscura bramaba en tus orillas.

Tus sienes ha rozado una mirada dulce
de renos sombrados huyendo con la brisa,
y tu bulto sin nombre han olido en la noche
los hombres de los bosques, bajo la lluvia lívida.

También el agua quiso, tu corazón buscando,
bajar siglos y siglos y darte su caricia;
y el fuego, entre las sombras, creció para buscarte,
el sol tocó tu carne con su llama fulmínea.

Por eso yo te amo, sorda forma implacable,
porque existes eterna y, como un dios, nos miras.
Te amo, sí, te amo. Mientras tú permaneces
un astro arriba muere, mi corazón delira.



Tiempo preferido

I

Sólo tú y yo sabemos la verdad de este mundo
que día a día robamos a la muerte,
que erigimos de nada tan solo con palabras
humo
ceniza de un beso olvidado en tu frente.
Sólo tú y yo sabemos
fábulas como flautas
silencios como hormigas más o menos sonoras
y eso que se edifica lentamente en tus ojos
detrás de la vitrina o cristal de una lágrima
ese beso o latido
esa sonrisa o llama
de tener a la vida en la flor de los labios.

II

Junto a ti son las horas golondrinas azules
que se desprenden de tu sonrisa como hojas de otoño.
Brota de ti el silencio como un surtidor
de pisadas que en la nieve se fueran desmayando,
como mano olvidada de un niño
que tuviera las uñas puras y sonrosadas.
Quiero para mi boca el beso más preciso,
el que huye de pronto como pájaro enemigo,
como noche perseguida por la invasión profunda de la aurora.
Cogidos de la mano se nos queda pequeño el planeta,
pequeño, muy pequeño
hasta quedar oculto bajo la suela de un zapato,
del tuyo, tan humilde que dentro no cobija
ni un pico de esa estrella que nos contempla siempre.

III

A las nueve las caricias se vuelven verticales
empujadas por el filo y la prisa que llega.
Alguien corta en el aire los minutos a tijera
como si fueran flecos de un mantón
o cuerdas de guitarra con las clavijas rotas.
Uno a uno van cayendo
cada vez más perfectos
en el puro pasado que se muere en el acto.
Uno a uno se hunden para siempre y del todo.


[Penetra]


Penetra. Yo te escucho,
latido leve, pluma prisionera.
Penetra en este círculo donde arrojo mi vida;
donde me pongo en pie cuando abriendo los ojos
como un árbol sereno a la muerte me ofrezco.
Yo te escucho, penetra,
mi orilla empieza siempre y no se acaba nunca
sobre esta tarde limpia,
bajo esta tierra seca...

Date prisa. Te espero
..y no se acaba nunca.

Contra el sol del crepúsculo transparento mi muerte.

[¡He nacido y he muerto tantas veces!]

El hombre que ahora soy no lo comprendo,
acaso no soy yo, es aquel otro
hundido y olvidado por las calles
que en una tarde amarga dejé solo.

Y quiero recordarlo y se me borra
perdido en la salida de los cines,
acaso en un retrato que mi madre
guardaba de la luz con mano triste.

Pero voy comprendiendo. Me supongo acaso
como soy, y escribo versos
y sueño para todos... Sí, comprendo,
para nacer hay que morir primero.